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El petróleo ha sido y será tal vez por más tiempo de lo humanamente razonable, el centro del sistema económico mundial y el motor principal de los conflictos entre las grandes potencias y los países pobres y entre las propias potencias mismas.
Quien detente el control de la producción, la circulación y los precios del petróleo tiene en sus manos el mayor poder dentro del sistema imperialista.
Por eso Estados Unidos está en el centro de todas las redes de dominación del oro negro e implicado a sangre y fuego en la lucha por la dominación y control sobre los países productores del combustible desde los albores del pasado siglo.
El Medio Oriente, el Magreb, Irán y diversos países del Asia musulmana concentran ellos solos la mayor parte de las reservas petrolíferas y de gas. Esa ha sido la causa que ha puesto durante muchos años a esa región en el punto de mira de las grandes potencias que buscan espacio en el sistema de dominación planetaria.
Hoy Estados Unidos, basado sobre todo en su poderío militar, que supera con creces a cualquiera de sus competidores imperiales, lleva claramente la ofensiva por apoderarse del petróleo mundial.
Las genocidas invasiones de Afganistán y de Irak, el sostenimiento de Israel y su guerra contra Palestina, la satanización de Sudán, Siria e Irán y la conversión en vasallos a otros países del área, es el espejo en que pudiéramos vernos los latinoamericanos y caribeños.
La vida ha demostrado que el orden mundial que ha creado el capitalismo no posee realmente ningún contrapeso efectivo al criminal poder desatado por Estados Unidos.
La operación colonialista de captación de los recursos energéticos del mundo árabe y musulmán se desarrollaría apenas sin tropiezos si no fuera por la resistencia de los pueblos que tienen que pagar el terrible precio de miles y miles de víctimas por enfrentarse a la dominación del ejército imperial.
También la recolonización de América Latina y el Caribe es un objetivo estratégico para Estados Unidos que cuenta para ello con los exacerbados mecanismos de dominio y superexplotación económica que propone el ALCA y los TLC; con la creciente e intensa militarización regional; y con el omnipresente poder del FMI y del Banco Mundial, agentes del interés imperial sobre la multitud de países entrampados por la deuda externa.
Detrás de cualquiera de esos proyectos de dominación está el afán de apropiarse y controlar en el máximo grado los potenciales energéticos del continente.
En América Latina y el Caribe se localiza el 11 por ciento de las reservas mundiales de petróleo y se produce cerca del 15 por ciento del crudo que se extrae en el planeta.
Además, América Latina cuenta con cerca del 6 por ciento de las reservas internacionales de gas natural, grandes reservas de carbón mineral
--suficientes para unos 288 años de explotación--
y abundantes recursos hidro-energéticos, calculados en más del 20 por ciento del potencial mundial.
Parecería poco si se compara con el Medio Oriente, donde se ubican dos terceras partes de las reservas petroleras mundiales, pero esa es un zona de interés para todos los países industrializados e históricamente conflictiva, mientras el área de América Latina y el Caribe continúa viéndose como el patio trasero de los Estados Unidos y su riqueza energética está mucho más cerca geográficamente y es supuestamente más segura.
Por todo lo anterior, el interés por la energía latinoamericana no puede ser menospreciado, porque las menguadas reservas petroleras de EE.UU. apenas alcanzarían para diez años más, y porque es evidente la intención imperial de controlar al mundo a través de la total monopolización de las fuentes energéticas.
Es obvio que uno de los pilares del “área de libre comercio” promovida por los EE.UU., aunque se oculte en las negociaciones, es el avance sin límite alguno en la privatización y desregulación de los sectores energéticos, y en el desplazamiento total de los Estados nacionales en el manejo de ese sector.
Con el ALCA habría que olvidar cualquier proyecto de cooperación energética regional, que ayude a paliar los agudos problemas socioeconómicos que se relacionan con el encarecimiento del petróleo, como por ejemplo el hecho de que el 30 por ciento de la población carezca de servicios de electricidad.
Si el proceso privatizador, que el ALCA llevará a sus extremos, concentrara al máximo, en manos norteamericanas, el control de la exploración, explotación y distribución de la energía latinoamericana y caribeña, la vulnerabilidad energética se convertiría por sí misma en otro instrumento decisivo para que el imperio asegure la recolonización de toda la región.
Pero así como la administración norteamericana está precipitando la institucionalización del ALCA y la concertación de Tratados bilaterales de Libre Comercio, los pueblos deben apurarse para impedir que los gobiernos eternicen mediante acuerdos y componendas los deseos del verdugo, quien pretende ejecutar una sentencia terrible: la extinción de nuestras naciones y sus humanos sueños de progreso.
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