| |
El neoliberalismo se presentó a los latinoamericanos como una panacea que habría de mejorar considerablemente la vida de los pueblos, aunque primero debía aceptarse el sacrificio de los ajustes estructurales y ciertas medidas que impactaban a la población negativamente.
La riqueza se va a polarizar aún más, admitían los propagandistas impulsados por el Consenso de Washington, pero las economías crecerán en tal cantidad que “el goteo” llegará a los pobres, a los trabajadores, a los campesinos, todos los cuales verán aumentados sus ingresos y niveles de vida.
El resultado: la economía apenas creció en la década de los ochenta y tampoco lo hizo en la de los 90. Los organismos internacionales, quienes de una forma u otra fueron cómplices de aquel engaño fabuloso, gustan de llamarle ahora a ese espacio de tiempo “las décadas pérdidas”.
Sin embargo, no solo se perdieron esas décadas. El presente y el futuro es cada día más gris. La ola de privatizaciones y la oferta de créditos a las naciones latinoamericanas impulsó un fuerte crecimiento de la deuda externa que triplicó los niveles en relación con el comienzo de los años 80.
Como consecuencia de la privatización, la mayoría de los países perdieron en todo, o en gran parte, su patrimonio sobre empresas públicas, industrias y servicios, realmente estratégicas para el desarrollo económico y la soberanía de las naciones.
La privatización trajo además aparejada la extensión y profundización del fenómeno de la corrupción entre los gobernantes, quienes al enriquecerse en unos pocos años contribuían al descrédito del sistema político.
Los indicadores de pobreza han seguido creciendo año tras año. Se calcula que hay no menos de 234 millones de pobres en América Latina, de los cuales unos 107 millones son indigentes.
Otro dato que indica la decadencia general de la economía y del nivel de vida de los latinoamericanos es el aumento constante del desempleo y la precarización del trabajo.
Por su parte, siguiendo también las recetas neoliberales, el aparato estatal de las naciones latinoamericanos se desentiende cada vez más de los servicios de educación, salud pública y otros servicios y prestaciones a la población.
Esta situación ha venido generado fuertes protestas en todo el continente. Impulsadas por distintos factores, pero todos teniendo como fondo la crisis económica, las movilizaciones populares han provocado en los últimos años, la destitución de varios gobiernos, como los de Ecuador, Perú, Paraguay, Argentina y Bolivia.
Actualmente, una buena parte de los gobiernos latinoamericanos enfrentan, casi cotidianamente, huelgas, paros y protestas callejeras.
Las encuestas de opinión revelan niveles mínimos de aceptación popular para muchos gobiernos, entre los cuales se destaca el del peruano Alejandro Toledo quien escasamente es apoyado por el 8% de la población.
Poco a poco, pero de manera irreversible, los pueblos latinoamericanos están tomando conciencia de que el modelo neoliberal es un episodio dentro del sistema capitalista dependiente, que durante siglos ha entronizado la explotación imperialista de nuestras naciones, con la complicidad de las oligarquías locales.
La denuncia y lucha contra el ALCA, los Tratados de Libre Comercio (TLC), el Plan Puebla-Panamá, la inmoral e impagable deuda externa, el Plan Colombia y la militarización regional conducida por el Comando Sur y el gobierno estadounidense, es un imperativo de los tiempos que corren.
Estamos ante la batalla final por la independencia y el progreso de los pueblos latinoamericanos y caribeños. Si el sistema de mecanismos de opresión continental que tiene en marcha el imperialismo yanqui para recolonizar nuestras tierras llegara a triunfar, no dejaríamos a nuestros descendientes ni siquiera la herencia de una patria y una cultura.
El imperialismo yanqui quiere tragarse a América Latina desde los albores mismos del siglo XXI, pero en su camino hacia la esclavización de nuestros pueblos, está provocando una reacción en cadena en todo el continente contra las políticas neoliberales y contra los corruptos lacayos que administran nuestra explotación.
Para poder garantizar la concreción de sus objetivos económicos expansionistas Estados Unidos necesita "domesticar" y "combatir" a los pueblos de las naciones latinoamericanas, esencialmente a las FARC colombianas, los Sin Tierra brasileños, los Zapatistas mexicanos, pero también en esa lista se inscriben los pueblos rebeldes de Cuba y Venezuela, de Bolivia, Argentina, Ecuador, Perú, República Dominicana, Brasil, etc.
Los pueblos están asumiendo, desde la lucha, la certeza de que el imperialismo solo es demasiado grande si se le mira de rodillas. ¡Y se ponen de pie!
|
| |
|
|