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La palabra "biodiversidad" significa variedad de vida. Millones de especies de plantas, animales y microorganismos sobre la Tierra constituyen la "diversidad de especies". Pero hay también biodiversidad dentro de una misma especie. Los perros, por ejemplo, tienen formas, tamaños, colores e incluso temperamentos diferentes. A esto se llama "diversidad genética".

Otra forma de biodiversidad es la "diversidad de ecosistemas". Las praderas, los bosques y los pantanos ilustran las distintas clases de ecosistemas, que son el hábitat natural de los organismos.

Desgraciadamente el sistema capitalista en su fase actual de globalización neoliberal imperialista, movido por su insaciable afán de ganancias, está creando en todas partes las peores condiciones para el sostenimiento y desarrollo de la vida en el planeta.

La biodiversidad está amenazada en todas partes y en todas sus variedades. El ser humano mismo es una víctima principal no solo por el azote creciente de los conflictos bélicos, casi siempre instigados o protagonizado por potencias imperiales, o de pandemias como el SIDA, que diezma principalmente las poblaciones de los países subdesarrollados, sino también por enfermedades que con un mínimo gasto pudieran evitarse sino fuera porque medio mundo está sumido en una pobreza atroz.

La variedad de culturas humanas sobre el planeta, parte también de nuestra biodiversidad, está amenazada por el interés hegemónico de las potencias imperiales. La actual administración norteamericana, con su ofensiva recolonizadora típicamente fascista, no disimula su repudio por los pueblos que hablan otros idiomas, tienen otras creencias religiosas y se diferencian en muchos otros aspectos de la vida humana, de acuerdo con sus propias tradiciones y culturas.

Los primeros humanos sin duda vivieron más o menos en armonía con el medio ambiente, pero en la medida que crecieron las poblaciones y avanzaron las tecnologías para satisfacer las necesidades de consumo --reales o creadas artificialmente— el hombre comenzó a ser un depredador de la naturaleza.

El rápido avance tecnológico producido tras la Edad Media culminó en la Revolución Industrial, que trajo consigo el descubrimiento, uso y explotación de los combustibles fósiles, así como la explotación intensiva de los recursos minerales de la Tierra. Fue con la Revolución Industrial cuando los seres humanos empezaron realmente a cambiar la faz del planeta, la naturaleza de su atmósfera y la calidad de su agua.

Hoy se ve claro que el peligroso enfrentamiento entre la humanidad y su medio natural no se debe al crecimiento de la población mundial, sino a un desarrollo tecnológico sin precedente, privilegio exclusivo de los centros de poder económico, que está principalmente al servicio del consumo irracional de una minoría de sociedades, y que polariza cada vez más la distribución de la riqueza y amplía las zonas de pobreza extrema, con su secuelas de destrucción del hábitat.

La región de América Latina y el Caribe, una de las áreas geográficas más cercanas a la línea ecuatorial, es por ese hecho una de las más abundantes en biodiversidad, una riqueza que se localiza sobre todo en los bosques tropicales húmedos y en los arrecifes de coral.

En conjunto, las regiones más ricas en biodiversidad son África, Asia y el Pacífico, y América Latina y el Caribe. Según la FAO, la región contiene un 40 por ciento de las especies vegetales y animales del planeta, y se considera poseedora de la más alta diversidad florísitca en el mundo.

Los cálidos valles amazónicos, las altas y frías montañas andinas, el bosque atlántico brasileño y los bosques secos de Mesoamérica albergan algunos de los ecosistemas más ricos del mundo. La vegetación árida y semiárida se presenta en las zonas montañosas que van del sur de Ecuador a Chile, en el norte de Colombia, Venezuela, Argentina y el nordeste brasileño. Brasil, Paraguay y Bolivia comparten algunos de los más importantes humedales continentales del mundo, incluyendo 400.000 kilómetros cuadrados de pantanos (el pantanal y el chaco), renombrados por su diversidad.

El plan estratégico del imperialismo norteamericano para América Latina y el Caribe persigue garantizar el acceso ilimitado de los inversionistas estadounidenses a los Recursos Estratégicos del hemisferio especialmente en la Región Andino Amazónica (petróleo, gas, minerales y maderas) y a los recursos de la vida (biodiversidad genética, agua, oxígeno) convertidos estos últimos en una mercancía más.

Si la geoestrategia imperial para nuestro Continente llega a triunfar, mediante la instrumentación cabal del ALCA y/o los Tratados Bilaterales de Libre Comercio, el Plan Puebla Panamá, el Plan Colombia y la militarización norteamericana de la región, los pueblos latinoamericanos y caribeños, secularmente saqueados perderíamos no solo el presente, sino también el futuro.

Nuestros descendientes empobrecidos y humillados perderían su alma con la extinción impuesta de sus propias culturas y saberes, perderían el agua y la sal, el aire y la tierra, los pájaros, los bosques, la semilla de nuestros cultivos, los peces y el mar, el cielo mismo que también sería de los colonizadores.