Desde
el Río Bravo hasta la Patagonia, existen varios puntos geográficos
caracterizados por la convivencia fronteriza de tres países,
pero ninguno tan famoso como el de la Triple Frontera,
denominada así por antonomasia, entre Paraguay, Brasil y
Argentina. Su notoriedad, actualizada por los medios de comunicación
durante los últimos tiempos, tiene causas explícitas
y otras, que ladinamente esos mismos medios de comunicación,
han intentado oscurecer o solapar.
En
el ambiente de la euforia imperial expresada en las estrategias
de “guerra preventiva” y enfrentamiento
al terrorismo, la zona de la Triple Frontera ha sido incluida dentro
de las listas negras del “mal” que
Estados Unidos ha elaborado para intimidar, propagandizar, y en
última instancia, intentar legitimar ante el mundo, potenciales
intervenciones armadas directas en esos “oscuros
rincones”, donde les convenga dejar caer su poderío.
Tal como lo han hecho en Afganistán e Irak.
Para
Estados Unidos, la Triple Frontera representa un anhelo cada vez
más codiciado. En el corazón de este punto fronterizo
se encuentran las famosas cataratas de Iguazú
que comparten Brasil y Argentina dentro de su territorio, y junto
a esta maravilla, o más bien por debajo de ella, se extiende
hacia los tres países, una de las mayores reservas
subterráneas de agua dulce del mundo, a la que los
expertos le calculan unos 50 000 kilómetros cúbicos
de agua.
El
Acuífero Guaraní, denominado así
en homenaje al pueblo originario que ocupó mayoritariamente
este territorio antes de la llegada de los europeos a América,
está situado entre los paralelos 16º y 32º de latitud
Sur y los meridianos 47º y 56º de longitud Oeste, se extiende
por las cuencas de los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay.
Tiene una superficie aproximada de 1.194.000 kilómetros cuadrados,
de los cuales 839.000 corresponden a Brasil, 226.000 a Argentina,
71.700 a Paraguay y 59.000 a Uruguay. La recarga del acuífero,
se estima entre 160 y 250 kilómetros cúbicos por año
y solo 40 kilómetros cúbicos por año podrían
abastecer diariamente a 360.000.000 de personas con una dotación
de 300 litros por habitante.
En
el mundo actual, amenazado por una escasez fatal de las disponibilidades
de agua dulce, este recurso que prodiga la naturaleza
de nuestro continente se convierte en una golosina demasiado tentadora.
Esto
explica realmente el creciente interés del poder imperial
por establecer formas de control en la región que pasan por
la intromisión de instituciones como el Banco Mundial,
transnacionales que implantan sus raíces
inversoras en la zona, hasta llegar a intentos no menos importantes,
y algunos exitosos, por asegurar presencia militar norteamericana
capaz de servir de garante de los intereses de Estados Unidos en
este suministro acuífero.
Es
imprescindible evitar que se disfrace con vulgares pretextos, frutos
de la imaginación paranoide y belicista del imperio, la ambición
por los recursos de la biodiversidad de la Triple Frontera.
Necesitamos
hacer evidente la coherencia estratégica entre los mecanismos
del ALCA, el Plan Colombia y el
Plan Puebla-Panamá, respecto a las amenazas
que se dirigen hoy contra la región, y que forman parte del
proyecto recolonizador de América Latina.
La voz de alerta debe ser extendida por nuestros pueblos para evitar
que mañana este singular territorio, patrimonio latinoamericano,
sea blanco de un nuevo ejercicio militar del poderío norteamericano.
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