Acerca del paramilitarismo en Colombia
Por Carlos Fazio
 
 

El proyecto paramilitar, expresión última de la erosión del estado de derecho y de la esquizofrenia pública, muestra la resignificación de los valores sociales en su distorsión. El paramilitarismo es una expresión violenta y bárbara del discurso orwelliano del poder. Cuando los paras hablan de paz, hacen la guerra.

No obstante sus mecanismos, que buscan confundir, ocultar y encubrir las responsabilidades del Estado en las masacres, delitos de lesa humanidad y asesinatos selectivos ejecutados por grupos de sicarios o de "justicia privada", auspiciados y controlados por el Ejército, el paramilitarismo ha logrado, debido a la fatiga que vive la población tras más de 40 años de una larvada guerra civil, que amplias capas sociales asuman que la verdad es la mentira.

El investigador Danilo Rueda, de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, afirma que los paramilitares han logrado imponer una especie de pax romana en vastas extensiones del territorio colombiano, donde la justicia se encuentra en el silencio y el olvido. La fórmula, dice, es sencilla: "No denuncie o muere. No recuerde, perdone. Evite alimentar los odios y los resentimientos contra las instituciones". La víctima es el victimario. "El era 'guerrillero'; él era 'auxiliar de la guerrilla'; él era de las comunidades de paz. Ahora sí vive en santa paz." En el para-Estado, lo bello es la barbarie. Las víctimas siempre son "sucias", "impuras". Desechables.

Los mochacabezas -nombre de los paramilitares- imponen el sentido de la verdad, de lo que hay que pensar. Quitar la cabeza es acabar con el pensamiento, la mente, la razón. Quitar la lengua es suprimir la posibilidad de la palabra, de la denuncia, de la expresión frente a la barbarie. Quitar los ojos, extraer la mirada, romper la visión. Trastocar el horizonte. Violar mujeres es acallar la intimidad, la mismidad. Se impone un sentido de amor, la fuerza. Asesinar mujeres embarazadas es acabar las vidas. Significa el no futuro. Desplazar, desterrar, desalojar de manera violenta y forzosa a las comunidades supone el desarraigo. El terror interiorizado, las dudas sobre el otro, el silencio y el miedo son las matrices sobre las cuales descansa el poder paraestatal. En todos los casos se impone un sentido: el ocultamiento, como camino a la impunidad.

Pero el paramilitarismo no es, como se pretende, un actor independiente, a la manera de una "tercera fuerza" que actúa con autonomía propia. El paramilitarismo es una estrategia sistemática del Estado basada en la doctrina contrainsurgente clásica y en la nueva modalidad de guerra de baja intensidad, apoyado por los terratenientes y sectores del poder político, financiado por el narcotráfico y amplios sectores del empresariado colombiano y extranjero. Siendo creación del Estado, el paramilitarismo persigue los mismos objetivos políticos y de guerra que los militares, actúa como una brigada encubierta con impunidad garantizada para el genocidio social y político. Reconocer al paramilitarismo el carácter de "actor político independiente" implica dejar libre de responsabilidad al Estado y en la impunidad a quienes lo financian, apoyan, asesoran, justifican. También es dejar la puerta abierta para que sigan utilizando el terror.

El paramilitarismo asume en Colombia distintas modalidades. Existe un paramilitarismo institucional ejercido por las fuerzas armadas vía el uso de técnicas de conspiración, sabotaje y acción sicológica. En el caso de las Autodefensas Campesinas han cooperado con el narcotráfico, y de manera mancomunada han participado en actividades contrainsurgentes y "anticomunistas". El narco-paramilitarismo es la vertiente más desarrollada y extendida en el territorio colombiano, actuando en relación estrecha con el ejército. El poder corruptor del narcotráfico compró el silencio, la protección y la impunidad de los militares. Pero la relación cambió por la guerra contrainsurgente y se forjó una alianza casi estructural cuando los intereses económicos de las barones de la droga comenzaron a ser amenazados por la guerrilla.

La modalidad "parainstitucional" es adelantada por las compañías multinacionales que se han comprometido en el conflicto armado, inicialmente para proteger sus instalaciones, su transporte y su personal, y que aportan grandes sumas de dinero para que los paramilitares hagan "limpieza de la zona" y obtener "protección". A su vez, el "mercenarismo" es utilizado por narcotraficantes y militares como una forma primaria de adiestrar paramilitares y a sus propias fuerzas. El "sicariato político" fue la modalidad paramilitar más extendida en el desarrollo de la guerra sucia, con objetivos selectivos, dirigidos principalmente por organismos de inteligencia de las fuerzas armadas.

El paramilitarismo combate toda base social progresista, así no sea revolucionaria. Y últimamente viene siendo utilizado como un mecanismo de contrarreforma agraria y limpieza social en las tierras que han sido destinadas a grandes proyectos de inversión; áreas de megaproyectos inscritos en el Plan Colombia en el marco de un diseño estratégico continental imperialista que abarca, con una misma lógica, en vastos territorios de México y Centroamérica, al Plan Puebla-Panamá.

(Tomado de La Jornada, 30 de julio de 2003)

 
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