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Estados Unidos ha escogido la militarización de la globalización porque no puede actuar de otro modo.
El aserto del profesor Samir Amin, destacado pensador social de Egipto, describe fácilmente el comportamiento de las clases dominantes estadounidenses en los últimos años, incluso antes del 11 de septiembre, aunque los atentados terroristas potenciaron la actitud fascista del grupo que hoy detenta el poder en Estados Unidos y lo llevaron a aventuras de prepotencia nunca vistas.
Samir Amin tiene dos conclusiones: una, el imperialismo global ya es obsoleto (y tal vez por eso más salvaje); dos, la tarea principal de la humanidad es derrotarlo para evitar que convierta al mundo en una especie de apartheid global.
Si el imperialismo precisa llegar al extremo de la militarización de la globalización, se debe, sin duda, a que la aplicación del neoliberalismo a escala planetaria está sufriendo reveses que lo inducen al empleo de su enorme aparato de guerra para lograr sus objetivos económicos y políticos.
No se trata solamente de las agresiones y la ocupación de Afganistán e Irak. Habría que incluir en esta política la aplicación de un Plan Colombia que se quiere extender a por lo menos toda el área andina de América del Sur, ya que, hasta ahora, no tiene un contrapeso que le haga peligrar el dominio de América Central, bien sujeta gracias a los gobiernos incondicionales de Washington. Hay que añadir la extensión de las bases militares por el Medio Oriente y Asia e, incluso, al reforzamiento militar de un Israel nuclear con una furia antipalestina y criminalidad sin precedentes.
Los obstáculos que tiene la aplicación del neoliberalismo y la agresividad de Washington son una respuesta a la toma de conciencia de las grandes masas que se ven perjudicadas por la aplicación de la doctrina de la libertad absoluta de mercado.
En los mismos países desarrollados se calcula en 1 500 millones de personas que se encuentran por debajo de la clase media y que están viendo crecer sus diferencias con los sectores que más riquezas acumulan, digamos, en las naciones de la Organización de Cooperación y Desarrollo, que agrupa a cerca de los 30 países de mayor desarrollo económico.
Esas masas tienen un sentimiento antiglobalización neoliberal cada vez más acentuado y no se puede olvidar que las grandes manifestaciones alrededor de las reuniones de la Organización Mundial de Comercio, del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o el Grupo de los Siete, se produjeron en los países de mayor desarrollo, no en el Tercer Mundo, aunque las masivas protestas luego se extendieron a la parte pobre del planeta, y en América Latina se han expresado como un fuerte movimiento contra el Área de Libre Comercio de las Américas, como indican los bien frescos ejemplos de Venezuela, Brasil, Argentina, Ecuador y Bolivia.
Toda la política de Washington se aplica mediante agresiones, amenazas y chantajes, con empleo del FMI como instrumento de coerción económica, y, aunque cacaree más que nunca sobre la democracia, la realidad demuestra que el capitalismo es más incompatible con ella a medida que pasa el tiempo.
Estas son algunas de las ideas que se manejan de forma teórica en el encuentro del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) que tiene lugar en La Habana y cuyos miembros demuestran de paso el comprometimiento de este destacamento intelectual en la lucha de los pueblos por derrotar lo que el imperialismo global considera su destino de dominación. Las ciencias sociales forman parte de la Batalla de Ideas y sus pensadores están conscientes de su papel y su compromiso con una humanidad en peligro por las agresiones militares imperiales y por la destrucción del entorno mundial acelerado por el neoliberalismo.
El doctor Francisco de Oliveira, de la Universidad de Sao Paulo, Brasil, destacaba cómo en América Latina el salvajismo de los ajustes estructurales, recetas neoliberales o economía de mercado —comoquiera que se le llame— ha hecho insostenibles las estructuras tradicionales de la democracia representativa que durante tanto tiempo se proclamó en el continente.
Las instituciones "democráticas", que se basaron en los partidos tradicionales para implantar las líneas diseñadas por Washington, no han aguantado el empuje de las masas hambreadas y saltan con frecuencia en pedazos ante la sublevación de esos indígenas tan secularmente despreciados.
Lo que acaba de suceder hace unos días en Bolivia no es más que un ejemplo del hastío de los sectores más populares que no tienen alimentación, servicios médicos, educacionales o seguridad en la vejez. La falta de todo eso y el peligro de que se agravara la situación rebeló a las masas e hizo estallar el Gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada.
Aunque analfabetas en alto grado, las capas más pobres de América Latina van comprendiendo el aserto teórico de Samir Amin de que la tarea principal de la humanidad es derrotar al capitalismo en su fase actual de militarización de la globalización neoliberal, y sienten que para las burguesías y sus representantes en los gobiernos no existen los intereses nacionales, el engaño de aquella democracia falsa va pasando y el despertar comienza.
Para el profesor Francisco de Oliveira, la mayor institucionalización del continente ha sido la de la pobreza, que convierte a las masas en un ejército de desempleados que garantiza mayores ganancias a las transnacionales y a las burguesías locales mientras más marginalización implique que la distribución de las riquezas fluyan hacia un solo lado, lo que no puede ser por mucho tiempo más.
(Tomado de www.pacificar.com Fuente: Diario Granma, Cuba, 29/10/2003) |
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