Es un hecho que el proyecto de expansión y consolidación global del imperio norteamericano pasa por la implantación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), lo cual le da un sentido mundial a la creciente lucha de los pueblos americanos contra el plan anexionista yanqui.
No cabe duda de que el triunfo del ALCA significaría la existencia de un bloque regional --donde habitan 800 millones de personas-- de extraordinario potencial económico que, dominado colonialmente por Estados Unidos, representaría una capacidad adicional para imponerse definitivamente en la competencia con la Unión Europea y el bloque asiático, en la disputa por la hegemonía económica y geopolítica del mundo.
La recolonización de América Latina y el Caribe es, por tanto, un objetivo estratégico que se apoyará en los exacerbados mecanismos de dominio y superexplotación económica que propone el ALCA, en una intensa militarización regional, y en el omnipresente poder del FMI y del Banco Mundial (agentes del interés imperial) sobre la multitud de países entrampados por la deuda externa.
Pero un objetivo estratégico no es necesariamente un plan a largo plazo. La dinámica vertiginosa que la administración Bush trata de imprimirle al proceso del ALCA, está determinada por necesidades inmediatas de la superpotencia, como atenuar los efectos de su desaceleración económica, detener el avance europeo en la zona y reforzar las alianzas militares para enfrentar el deterioro actual de muchos gobiernos neoliberales latinoamericanos y conjurar la escalada de rebeldía popular que se hace cada vez más visible e influyente.
A estas necesidades perentorias podría sumársele el tema energético.
En lo que se conoce sobre el trabajo de l os nueve grupos de negociación del ALCA: Inversiones, Política de competencia, Propiedad intelectual, Acceso a mercados, Servicios, Compras gubernamentales; Solución de disputas, Agricultura, Subsidios, antidumping y salvaguardas, no aparece reflejada la codicia superlativa de los capitales yanquis sobre lo referente a la explotación de la energía, lo cual, en lugar de restarle importancia al tema, hace pensar en una maniobra de encubrimiento.
En América Latina y el Caribe se localiza el 11 por ciento de las reservas mundiales de petróleo y se produce cerca del 15 por ciento del crudo que se extrae en el planeta. Además, América Latina cuenta con cerca del 6 por ciento de las reservas internacionales de gas natural, grandes reservas de carbón mineral
--suficientes para unos 288 años de explotación-- y abundantes recursos hidroenergéticos, calculados en más de 20 por ciento del potencial mundial.
Parecería muy poco comparado con el Medio Oriente, donde se ubican dos terceras partes de las reservas petroleras mundiales, pero esa es un área de interés para todos los países industrializados, y es inevitablemente conflictiva, mientras el área de América Latina y el Caribe continúa viéndose como el patio trasero de los Estados Unidos.
El interés por la energía latinoamericana no puede ser menospreciado, porque las menguadas reservas petroleras de EE.UU. apenas alcanzarían para diez años más, y porque es evidente la intención imperial de controlar al mundo a través de la total monopolización de las fuentes energéticas.
Es obvio que uno de los pilares del “área de libre comercio” promovida por los EE.UU., aunque se oculte en las negociaciones, es el avance sin límite alguno en la privatización y desregulación de los sectores energéticos, y en el desplazamiento total de los Estados nacionales en el manejo de ese sector.
No solo los exportadores latinoamericanos del hidrocarburo, fundamentalmente México, Venezuela, Ecuador, Trinidad-Tobago y Colombia, sufrirán los embates del ALCA sobre el aspecto energético. Los que más sufrirán serán los países importadores netos de la región.
Con el ALCA habría que olvidar cualquier proyecto de cooperación energética regional, que ayude a paliar los agudos problemas socioeconómicos que se relacionan con el encarecimiento del petróleo, como por ejemplo el hecho de que el 30 por ciento de la población carezca de servicios de electricidad.
Si el proceso privatizador, que el ALCA llevará a sus extremos, concentrara al máximo en manos norteamericanas el control de la exploración, explotación y distribución de la energía latinoamericana y caribeña, la vulnerabilidad energética se convertiría por sí misma en otro instrumento decisivo para que el imperio asegure la recolonización de toda la región.
Pero así como la administración norteamericana está precipitando la institucionalización del ALCA, los pueblos se apuran para impedir que los gobiernos lleguen a firmar un acuerdo con el verdugo, quien ha de ejecutar una sentencia terrible: la extinción de nuestras naciones y sus humanos sueños de progreso.
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