| Sadam
capturado, ¿Iraq conquistado?
Por Augusto Zamora R.
Aunque sigan resonando los espasmos de gozo que produjo en EEUU
y sus cofrades la captura del ex presidente Sadam Hussein, bueno
es hacer un análisis más sereno del significado y
efectos que esa captura puede tener en el futuro mediato e inmediato
de Iraq y de toda la región. Vale empezar con lo que puede
colegirse de la forma y circunstancias en que se produjo la captura.
De entrada, destaca el aspecto demacrado y de abandono que tenía
el otrora dictador, acentuado por el trato denigrante recibido de
parte de sus captores. Destaca también la precariedad de
su refugio y la ausencia de indicios claros del control que podía
tener sobre la situación en Iraq tras su conquista por EEUU.
El haber de Sadam se reducía a una pistola, dos fusiles y
750.000 dólares, magro patrimonio para enfrentarse a la parafernalia
de EEUU, que ofrecía 25 millones de dólares por su
cabeza.
Dado el hermetismo
existente sobre los hechos, es difícil saber si Sadam Hussein,
realmente, estaba al frente de toda o siquiera de una parte significativa
de la resistencia iraquí. EEUU no ha presentado mapas, planos,
organigramas u otros elementos que sirvan de sustento a la propaganda
anglosajona, que lo hacía líder de los ataques constantes
que sufren las tropas de ocupación. Sadam, según los
invasores, negó tener vínculos con la resistencia
y, si a lo exiguo medios que poseía nos atenemos, su posición
era más la de un fugitivo recluido en cinco metros cuadrados
e insalubres que no la de un líder insurgente.
Otra cuestión
es el carácter de símbolo que posee para una parte
nada desdeñable de los iraquíes, que no dudaron en
salir a las calles a vindicar su nombre y a ofrecer su vida por
Sadam y por Iraq. Bastantes más, dicho sea de paso, que los
que salieron a celebrar su captura, a pesar de los esfuerzos de
ciertas televisiones por difundir una euforia popular que encontraron
a cuentagotas y que deben tomarse con reservas, dada la gran manipulación
informativa que rodea la situación de Iraq. Vivo sigue el
episodio de los iraquíes arriados por la tropa yanqui a "celebrar"
el derribo de la estatua de Sadam, tras la conquista de Bagdad,
y que fueron presentados por como manifestantes espontáneos.
Lo único cierto es que soldados norteamericanos dispararon
contra los manifestantes pro Sadam y mataron a varios, en una escena
que parece sacada de la guerra de Israel contra Palestina.
Más perplejidad
provoca el dato de que EEUU tenía listo, desde hace meses,
todos los detalles de cómo darían a conocer la captura
de Sadam. Una preparación escénica que obliga a preguntarse
si acaso no tendría ya localizado al fugitivo, a la espera
del momento oportuno para dar el zarpazo. Que coincidió justo
cuando la credibilidad de Bush caía en picado, crecía
el número de norteamericanos que criticaban la guerra en
Iraq y arreciaba la ofensiva de los demócratas. En ese panorama
adverso, la captura de Sadam fue un golpe de efecto de indudable
valor, especialmente para una sociedad desinformada y proclive a
creer lo que dicen sus gobernantes, fijando simpatías y antipatías
en función de sus éxitos o fracasos mediáticos.
Bush, justo es reconocerlo, se apuntó un gran éxito
propagandístico.
Otra cosa es
creer que la captura de Sadam pondrá fin a la guerra de guerrillas
o que resulte rentable y manejable a mediano plazo. En cuanto a
la primera, tirios y troyanos coinciden en la pluralidad de la resistencia
y la inexistencia de órganos centrales. La captura del ex
presidente dañará, a lo sumo, al sector vinculado
a su persona, pero no a los demás grupos combatientes. Más
aun, la eventual desaparición de lo que podríamos
llamar la resistencia baasista beneficiaría a la resistencia
nacionalista e islamista, que ocuparía el espacio dejado
por el Baas. En Palestina la pérdida de influencia de Arafat
y la OLP en sectores descontentos con su gestión ha sido
llenada por movimientos más radicales, como la Yihad Islámica,
Hezbollah o Hamas, sin que los golpes que a diario propina Israel
haya hecho desaparecer a ninguna de estas organizaciones. Es, por
tanto, previsible que los espacios abandonado por el baasismo sean
llenados por otros grupos y la guerra continúe con métodos
más contundentes y cada vez más parecidos a los empleados
en Palestina.
El otro asunto
es el manejo del caso Sadam. Guste o no en Occidente, tan proclive
a medir el mundo desde sus parámetros, el ex dictador iraquí
es visto como héroe por muchos de sus paisanos y buena parte
del mundo árabe e islámico. Con la agresión
de EEUU su imagen ganó, no perdió crédito,
adquiriendo para estos sectores carácter de símbolo
de la resistencia árabe ante lo que sienten una guerra permanente
de EEUU (e Israel) contra el Islam. El problema de los símbolos
es que pueden devenir en regalo envenenado para el adversario. Sadam,
no hay que olvidarlo, era presidente de Iraq y fue derrocado, perseguido
y preso por no hincarse ante EEUU. Su figura reúne elementos
suficientes para erigirse en nueva bandera de la marea antiyanqui
que recorre Oriente Medio. Si Sadam Hussein, hombre astuto y conocedor
de esas emociones, no se doblega ante sus captores ni éstos
lo drogan y maltratan hasta destruirlo anímicamente, puede
transmutar su prisión en tribuna de combate y convertirse
en un problema para el gobierno Bush. Sadam podría presentar
los ultrajes que sufre a manos de EEUU como ultrajes a la nación
árabe; hacer de su cárcel una alegoría de las
humillaciones de los árabes por Occidente y de su defensa,
la defensa de la causa árabe frente al imperialismo militar,
cultural, religioso y económico de Occidente.
Obviamente,
EEUU podría decidir impedirle hablar o imponer un juicio
secreto y reducido a ser presenciado por periodistas incondicionales.
Pero esa decisión, amén de ser violatoria de derechos
humanos esenciales, significaría privar de cualquier viso
de legalidad el juicio y convertirlo en linchamiento. Flaco favor
se haría EEUU a sí mismo y al esfuerzo agónico
de usar el caso para darle algún viso legal y moral a la
criminal conquista de Iraq.
Es ése,
justamente, el vicio de raíz que corroe el juicio al que
será sometido Sadam. Debe recordarse que su caída
y apresamiento es resultado del más grave de los crímenes
internacionales -la guerra de agresión- y que ello priva
a EEUU de cualquier base legal para decidir por sí y ante
sí cómo y ante qué tribunal enjuiciar al presidente
derrocado. A estas alturas de la historia, nadie puede creer que
el Consejo de Gobierno iraquí, impuesto por EEUU y formado
por antiguos enemigos de Sadam, nombrará a jueces imparciales
y fiables. Este Consejo es un remedo de gobierno que depende en
todo, desde su seguridad hasta su salario, de EEUU y organizará
un proceso a su imagen y semejanza, es decir, una caricatura de
juicio para revestir de formalidad lo que será un trámite
para su condena. Que tanto Bush como miembros del Consejo pidan
la pena de muerte permite predecir, desde ya, el destino que espera
a Sadam si no hay movilización mundial que impida su ejecución.
El juicio en
ciernes puede convertirse en una nueva causa de agravio para iraquíes
y árabes. Es claro que existen hechos suficientes para sustentar
el procesamiento de Sadam; pero tan cierto como eso es que las circunstancias
que le han llevado a prisión son de suyo tan deleznables
que deslegitiman el caso. En primer término lo señalado
antes, de que Sadam fue detenido tras una bárbara e ilegal
guerra de conquista. En segundo lugar que para derrocarlo fueron
muertas, heridas y mutiladas decenas de miles de personas inocentes,
muchas de ellas por armas prohibidas internacionalmente, como las
bombas de racimo. En tercer lugar, que se bombardearon y destruyeron
centenares de poblaciones, industrias e infraestructuras provocando
un daño económico colosal a un país empobrecido.
Por último, que la autoridad que EEUU ejerce sobre el país
viola flagrantemente el orden jurídico internacional. Reconocerle
validez implica romper el edificio jurídico construido con
tanto esfuerzo durante cincuenta años, restableciendo el
derecho de conquista.
Otras circunstancias
hacen aun más insostenible el caso, como el inmoral doble
rasero que aplican EEUU y sus cofrades, tanto en Oriente Medio como
en el mundo. Israel, hoy, está gobernado por Ariel Sharon,
una persona acusada de crímenes atroces contra el pueblo
palestino, específicamente la matanza en Sabra y Shatila.
El cinismo israelí llega al extremo de anunciar su deseo
de querellarse contra Sadam por los misiles lanzados contra territorio
israelí en 1991, olvidando las innumerables agresiones de
Israel contra países vecinos o los crímenes cotidianos
contra la población palestina. Toda la furia que concita
Sadam en EEUU desaparece hasta tornarse en complicidad tratándose
de Sharon.
Hay más.
Augusto Pinochet, sindicado por el asesinato y desaparición
de más de tres mil personas, fue visitado y alabado por Margaret
Tatcher durante su detención en Londres y el gobierno Aznar
se opuso decididamente a su procesamiento en España. En Guatemala,
el mayor genocida de ese país, Efraín Ríos
Montt, culpable del asesinato y desaparición de más
de 50.000 indígenas, vive en libertad sin que hayan prosperado
los esfuerzos por enjuiciarle. En Argelia nadie responde por los
200.000 muertos en diez años de guerra civil. Y así
una lista interminable de criminales que, con la complicidad de
EEUU y la civilizada Europa, campan a sus anchas sin que a nadie,
salvo a las víctimas, interese su procesamiento. Por no hablar
de Henry Kissinger, posiblemente el político que ha ordenado
la muerte de mayor número de personas en el mundo desde 1945,
de Vietnam a Chile. El juicio contra Sadam no sería por los
crímenes de su régimen sino por su desafío
a EEUU.
Demasiadas anomalías
para considerar que la captura y enjuiciamiento de Sadam Hussein
sea una buena noticia para la paz y la justicia internacionales.
Si los medios empleados para someterle a juicio fueran validados,
se entenderá que es lícito agredir a un Estado soberano,
bombardear sus ciudades, matar a su gente, ocupar el país
y apoderarse de sus riquezas. Una barbaridad de tal magnitud sólo
puede ser defendida por quienes han apostado porque la humanidad
se hunda en una espiral de violencia y horror. Ahí la absurda
paradoja, de que Sadam, que agredió a Irán, reprimió
a sus opositores e invadió Kuwait, acabe convertido en símbolo
de la dignidad árabe, motivo para defender el orden jurídico
mundial y héroe para amplios segmentos de su pueblo. Un disparate
más en el torbellino de los dislates en que EEUU, en su megalomanía
imperial, ha sumido al mundo. Para llorar.
* Profesor de
Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales
en la Universidad Autónoma de Madrid
a_zamora_r@terra.es
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