| ¿Quién
quería muerto al ayatola Mohamed Baqr al Hakim?
Por Robert Fisk
La Jornada, 31 de agosto del 2003
En Irak, cuando alguien ataca, se va sobre la yugular. Hace dos
semanas fue un alto funcionario de la Organización de Naciones
Unidas y este viernes uno de los más influyentes clérigos
musulmanes chiítas. Como decían durante la guerra
en Líbano, si la suficiente gente te quiere muerto, acabarás
muerto.
¿Quién
quería muerto al ayatola Mohamed Baqr al Hakim? O mejor dicho,
¿a quién no le importaría que muriera? Claro,
están los famosos "remanentes de Saddam Hussein",
a quienes la familia Al Hakim ya está culpando de la matanza
en Najaf. El clérigo fue torturado por los hombres de Saddam,
y cuando se exilió en Irán el entonces presidente
iraquí exigió su regreso y ejecutó a uno de
sus familiares cada año en un vano intento por obligarlo
a volver.
De hecho, apenas
en diciembre pasado, el hermano del ayatola, Aziz, estaba en Washington
entregándole a la Agencia Central de Inteligencia documentos
sobre las supuestas "armas de destrucción masiva"
en poder de Hussein. Además están los kuwaitíes
y los sauditas, quienes desde luego no quieren que el movimiento
del clérigo, el Consejo Supremo de la Revolución Islámica
en Irak, consiga ningún tipo de "revolución islámica"
al norte de sus fronteras.
En Estados Unidos
hay numerosos neoconservadores, quienes jamás habrían
confiado en Al Hakim, pese a sus nexos con el consejo interino iraquí
que los estadunidenses implantaron en Bagdad.
Están
también los chiítas. Hace sólo un par de meses
recuerdo haber escuchado predicar a Al Hakim durante las oraciones
del viernes, exigiendo el fin de la ocupación angloestadunidense,
pero hablando de paz y reclamando que inclusive las mujeres se unieran
al nuevo ejército iraquí.
"No crea
que todos nosotros apoyamos a este hombre", me dijo ese día
un fiel musulmán.
Al Hakim también
tenía la mala reputación de haber reclutado a algunos
de sus primeros colaboradores en los servicios de inteligencia iraníes.
Y también
está Muqtada Sadr, el hijo, clérigo joven con mucha
menos experiencia y cuyo padre murió como mártir,
asesinado por el régimen de Hussein. Heredó de su
padre un halo de heroísmo que lo ha hecho popular entre los
chiítas más jóvenes. Muqtada Sadr ha condenado
durante mucho tiempo la "colaboración" de algunos
de sus compatriotas con los invasores estadunidenses, pero es menos
sabido que su propia organización colaboró discretamente
con el régimen de Hussein antes de la guerra.
Pero aún
más profundos que estas disputas individuales son los rabiosos
debates teológicos que recorren los seminarios de Najaf.
Muchos de estos seminarios nunca aceptaron la idea del régimen
teológico -velayat faqui- representado por el ayatola Jomeini
de Irán. Al Hakim había calificado a Jomeini de "el
imán viviente", nombre con el que también llamó
a su sucesor, el ayatola Jamenei. De hecho, cuando volvió
del exilio, Al Hakim fue comparado con Jomeini, quien pasó
14 años en el exilio fuera de Irán. Al Hakim gustaba
de compararse también con los imanes mártires Alí
y Hussein, cuyas familias fueron asesinadas durante los primeros
años de la historia musulmana.
Todo esto no
era más que una forma trillada e inclusive algo sacrílega
de ganarse adeptos. La gente de Najaf, en su mayoría, no
cree en "imanes vivientes" de ese tipo. Pero a final de
cuentas el baño de sangre en Najaf y el asesinato de Mohamed
al Hakim serán juzgados por lo que son: una prueba más
de que los estadunidenses no pueden -o no quieren- controlar Irak.
El general Ricardo
Sánchez, comandante de las fuerzas estadunidenses en Irak,
dijo sólo 24 horas antes del atentado que no eran necesarias
más tropas. Es claro que se requieren, si es que el militar
desea contener la impresionante violencia que se ha apoderado del
"Irak liberado", porque lo que está pasando en
la patria sunita, en torno a Bagdad, y que ahora retoña en
la nación chiíta del sur no es sólo la respuesta
a una invasión ni una creciente guerrilla contra la ocupación.
Se trata del principio de una guerra civil en Irak, que consumirá
a la nación entera si sus nuevos gobernantes no abandonan
ya sus fantasías neoconservadoras y le ruegan al mundo que
comparta con ellos el futuro de ese país.
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