| Soldados
de EE.UU arrancan banderas de las tumbas de los hijos de Saddam
Por Robert Fisk
La Jornada 6 de agosto del 2003
Ouja, Irak Central, 4 de agosto. Los estadunidenses han arrancado
las banderas de martirio de las tumbas de Uday y Qusay Hussein.
Las banderas iraquíes rojas, blancas y negras habían
sido colocadas sobre los montículos de barro que se levantaron
encima de sus restos, durante los funerales realizados el sábado
pasado, al lado de la tumba de Mustafá Hussein, el hijo de
Qusay, también fallecido cuando 200 soldados estadunidenses
atacaron la villa de Mosul en la que se escondían, hace casi
dos semanas. Pero hoy los estadunidenses permitieron que únicamente
los restos del niño fueran honrados con la bandera de su
país. Uday y Qusay no tienen más monumento que huellas
de las botas de soldados estadunidenses.
Hasta Felah
Shemari, el hombre de 34 años que cavó las fosas,
estaba escandalizado, y eso que no tenía ningún motivo
para amar a los hermanos; pasó 10 días en prisión
por órdenes del medio hermano de Saddam, a causa de un homicidio
que asegura que no cometió. "Cuando cavamos las fosas,
nos dijeron que eran sólo para los hermanos", relata.
"Pero cuando llegaron las ambulancias escoltadas por los Humvees,
sacaron de la segunda ambulancia el cuerpo del joven Mustafá
y tuvimos que cavar otra fosa a toda prisa. Por supuesto, pusimos
nuestras banderas iraquíes sobre las tres tumbas, en señal
de que murieron como mártires."
Sin embargo,
los estadunidenses pensaban de otro modo. "Al anochecer, cuando
toda la gente se había ido, los soldados regresaron y quitaron
las dos banderas de las tumbas de los hijos de Saddam. Luego se
quedaron a ver quién llegaba. Sólo daban el paso a
20 coches a la vez, y únicamente a miembros de la familia.
Nadie más. Ahora vigilan este lugar todo el tiempo. Creen
que Saddam vendrá a ver a sus hijos y que pueden capturarlo...
pero él no es tan tonto."
La última
morada de los notorios hijos de Hussein es un claro de pasto quemado,
arbustos que se agitan con el viento y abedules plateados, pasaje
irónicamente tranquilo hacia la otra vida para dos jóvenes
que causaron tanto daño, angustia y dolor.
"Son los
hijos del presidente y esta es su tierra; tenemos tristeza por ellos",
dice Shemari. "Cayeron combatiendo, por eso son mártires.
Qusay no era tan malo, creo, la gente lo respetaba. Uday tal vez
no. La tradición es que pasados 40 días se cubra la
tumba con piedras y se ponga la lápida en su lugar, pero
no sabemos qué hará la familia."
La explicación
que da Shemari a la crueldad del régimen de Hussein es grotescamente
mundana. Saddam, dice, no sabía lo que sus verdugos hacían.
No sabía lo que sus hombres de inteligencia hacían
a su pueblo. No se daba cuenta de que su hermanastro, Watban Ibrahim
al- Hassan, encarceló a Shemari. Y nadie, por supuesto, podía
decírselo a Saddam.
"Cuando
yo estaba en prisión encontré a diplomáticos,
personas con educación, académicos, hasta al ministro
de Agricultura. Si Saddam lo hubiera sabido jamás lo habría
permitido."
Así que
Uday, Qusay y su padre salen limpios.
Aun sin las
tumbas de Uday y Qusay, el cementerio de la familia aporta una lóbrega
nota de pie de página a la violenta historia del moderno
Irak. Unos metros al oriente está la tumba de la madre de
Saddam, Sabha al-Tulfah, quien vivió años con un segundo
marido, padrastro de Saddam, que trató a la familia con extrema
crueldad. El tío de la esposa de Qusay, Taha Abdul Rashid,
cayó en la guerra con Irán, ese conflicto épico
al que Saddam empujó a su pueblo a un costo de un millón
de vidas. Su cuerpo yace a un tiro de piedra. En una pequeña
mezquita se encuentran los restos de Dafer Ghaleb el-Mahmoud, primo
de Saddam, que era piloto de combate; su avión estalló
durante una batalla aérea en esa misma guerra, cuando el
joven tenía 19 años.
Y luego, un
poco más allá, yace la evidencia de otra matanza de
inocentes durante la invasión angloestadunidense: los miembros
de dos familias locales, en su mayoría niños, 21 personas
en total, volados en pedazos en la villa de Ouja cuando los estadunidenses
bombardearon sus hogares, el 2 de abril, con la esperanza de matar
a Saddam. Supuestamente eran primos lejanos del dictador.
Desde luego,
durante la guerra jamás nos enteramos de este pequeño
baño de sangre, ni se informó de él posteriormente.
Pero aquí están las víctimas: el "niño
mártir Reem Mohammed Abdullah", de 5 años; Lawza,
su hermana de dos meses; la mamá de ambos, Fatma; el hermano
de ella, Faez; Mohamed, padre de los niños, y Jassim Mohamed
Turki y su familia, incluidos dos bebés.
"La familia
Turki vino a pasar la noche con Mohamed, su esposa y sus hijos,
porque pensaba que iban a bombardear el centro de Ouja", señaló
Shemari. "Todas sus tumbas están cubiertas con la bandera
iraquí porque también ellos son mártires. Yo
creo que todos los mártires van al paraíso. ¿Por
qué estos niños sufrieron un destino así?"
¿Y qué
hay de Uday?, pregunté. ¿Irá al cielo o al
infierno? "Sí, Uday irá al paraíso",
responde Shemari. "Entre los musulmanes en general, cada héroe
que enfrenta a las fuerzas de ocupación recibirá reverencia
y será héroe por mucho tiempo. Soy maestro de escuela
y les digo a mis niños que esta guerra es como la de los
primeros musulmanes contra los idólatras. Ahora el futuro
de Irak está en manos de extranjeros. Nos prometieron libertad.
¿Dónde está la libertad? Nos dijeron que nos
liberarían. ¿Dónde está la liberación?"
¿Y dónde,
le pregunté, están los estadunidenses? "Ellos
lo encontrarán", me dijo, y así fue. A 400 metros
de las tumbas, un escuadrón de soldados que llevaban armas
automáticas llegaron corriendo desde atrás de los
árboles y arbustos donde estaban al acecho.
Mi sombrero
ligero y mi acento inglés hizo que los soldados aflojaran
el paso antes de que pudieran tener ocasión de ver si era
yo Saddam.
Pero para esos
hombres de la 22/4a. división de infantería el asunto
era serio. ¿Cuál era el propósito de mi visita
a las tumbas? ¿Dónde estaba mi identificación?
Ocultos tras los árboles estaban un vehículo Bradley
de combate y otra unidad de soldados.
"¿Sabía
que estábamos aquí?", me preguntó un sargento.
Más
o menos me daba una idea, respondí. Porque los cuerpos de
Uday y Qusay no parecen perder su fascinación sobre los estadunidenses.
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