| De
la guerra real en Iraq a la guerra de diversión de Bush and
Blair
Por Miguel Urbano Rodrigues
resistir.info
Casi 180 000 militares estadounidenses y británicos permanecen
en Iraq cuatro meses después del inicio de la guerra.
El país,
cuya «liberación» Bush y Blair anunciaron como
servicio a la humanidad, es actualmente un país ocupado cuyo
pueblo exige la salida de los invasores.
Los EE UU se
empantanaron en Iraq.
El comandante
de las fuerzas de ocupación, general John Aisaid, ha reconocido
esa evidencia al afirmar que sus tropas enfrentan la resistencia
de una «guerrilla de tipo clásico». Días
antes, el general Tommy Franks, que comandó la guerra de
agresión en marzo y abril, había dibujado un cuadro
alarmante de la situación al ofrecer su testimonio ante el
Comité de Asuntos Militares del Congreso. Manifestando escepticismo
en lo que concierne al futuro inmediato, Franks reveló que
las bases y cuarteles de las fuerzas estadounidenses son blanco
de ataques «de 15 a 20 veces al día.»
El efecto psicológico
de esa guerra para la cual los invasores no estaban preparados es
tanto más demoledor cuando el presidente George Bush y el
Pentágono, en mayo y junio, han negado repetidamente que
existiera en Iraq algo semejante a una «resistencia organizada».
Las guarniciones
se encuentran en estado de alerta casi permanente, pero las medidas
tomadas por el comando no dan resultado. En Bagdad y otras ciudades
como Fallujah y Tikrit las granadas y los rockets llegados de puntos
invisibles explotan de repente. Al circular por las calles los blindados
y camiones son impactados a cualquier hora por tiradores que, en
la mayoría de los casos, disparan desde ventanas o azoteas
de edificios próximos. Las explosiones por control remoto
son cada vez más frecuentes. Y, obviamente, las minas en
las carreteras son una pesadilla para los responsables de los convoys
militares. Raro es el día en que no muere abatido un soldado,
por lo menos. El pánico se expresa de muchas maneras. Cada
marine piensa que él puede ser el próximo. El síndrome
del miedo -como le llaman- genera un permanente descontrol emocional.
Los soldados, sobre todo los que están de guardia, disparan
contra cualquier civil que se les acerque. Se forma así un
círculo vicioso que alimenta la siembra de odio contra los
agresores.
La moral en
los cuarteles es muy baja. Algunos periodistas que estuvieron en
su momento en el Sudeste asiático han comparado el estado
de ánimo de las tropas norteamericanas con el que predominara
en Vietnam a comienzos de los años 70.
Un reportaje
de la CNN --que incluyó entrevistas a hombres de la 3ª
División de Infantería ubicada en Bagdad--, estremeció
la sensibilidad de millones de estadounidenses. El retorno de la
unidad, anunciado para septiembre, fue aplazado indefinidamente.
Las reacciones de los hombres de la 3ª al conocer la decisión
fueron violentas. Todos los entrevistados por la CNN han criticado
con vehemencia a los responsables de la guerra. Muchos se hacen
la misma pregunta: «?Qué hago yo en este país?»
Algunos piden la renuncia de Rumsfeld, el secretario de Defensa.
Un sargento que concedió una larga entrevista declaró
que en su baraja de cartas el primero entre los criminales a capturar
era Rumsfeld mismo.
Es significativo
que Paul Wolfowitz, el influyente subsecretario -uno de los principales
ideólogos de la extrema derecha- no haya mantenido contacto
alguno con las tropas durante una breve y casi sigilosa visita a
Iraq en la primera quincena de julio.
Paul Bremer,
el procónsul nombrado por Bush como autoridad suprema para
la fase de «transición», cifraba grandes esperanzas
en la instalación del Consejo de Notables incumbido de formar
el futuro gobierno del país. Pero desde el inicio todo salió
mal. En primer lugar, muchos de los seleccionados llegaron del exilio.
De las biografías de esos señores, ampliamente divulgadas
por los media europeos, se concluye que son personalidades relacionadas
con empresas estadounidenses, o directamente con el Departamento
de Estado. Los locales, por su parte, inspiran desprecio.
El pueblo iraquí
ha reaccionado con protestas a la instalación del Consejo
de gobierno fantasma. La ceremonia inaugural transcurrió
en una pesada atmósfera. La clausura fue desastrosa. Mientras
discursaban, una granada lanzada desde un carro que pasó
a alta velocidad, destruyó un coche diplomático parqueado
frente a la sede del Consejo.
Al clima de
tensión en los cuarteles contribuye el escaso interés
que la situación creada en Iraq, a juzgar por las apariencias,
despierta en la Casa Blanca. Sería natural que el tema de
la guerrilla y los riegos a que se encuentran expuestos los soldados
fuera el tema central del debate político en Washington y
Londres.
Pero eso no
está ocurriendo. Casi no se habla, por ejemplo, de una misteriosa
enfermedad, no identificada, que ataca a algunos soldados, la cual
resultaría de la contaminación con uranio empobrecido
(ver artículo en http//:resistir.info, del 19 de julio de
2003). Y menos aún se habla de la mala suerte de millones
de iraquíes, desempleados y hambrientos. Es claro que las
críticas a Bush y Blair han aumentado mucho en las últimas
semanas, lo que se refleja en la baja de su popularidad. Pero las
dificultades que ambos enfrentan tienen motivaciones políticas
ajenas a la evolución de los acontecimientos en Iraq.
UNA COMEDIA
TRAGICA
La contradicción
entre la insensibilidad ante el sufrimiento del pueblo iraquí
-visto como inferior y sin derecho a construir libremente su futuro-y
el gran interés suscitado por polémicas alrededor
de afirmaciones constantes del discurso de Bush sobre el Estado
de la Unión ilumina bien el nivel de podredumbre del sistema
capitalista.
Las principales
cadenas de televisión y los grandes periódicos, como
el «New York Times», han rebajado a nivel secundario
la cuestión de las supuestas armas de exterminio masivo como
causa fundamental de la guerra. Se admite ahora tácitamente
que Iraq no disponía de tales armas. Al presidente se le
perdona el «engaño». El gran asunto es otro.
Mucho más interesante porque moviliza los lobbies que trabajan
para la próxima elección presidencial. Bush es acusado
de haber mentido al incluir en su discurso una referencia a tentativas
de Sadam Hussein de adquirir mineral de uranio en la República
de Níger.
Ese párrafo
del mensaje presidencial ha provocado una tempestad política.
La información fue proporcionada por la CIA, y su director,
llamado a testimoniar ante el Congreso, confesó que los datos
referidos al presidente carecían de credibilidad, razón
por la cual asumía total responsabilidad.
Después
se supo, por indiscreción, que Bush, cuando empezó
la lluvia de críticas, manifestó sorpresa por las
referencias a Níger, pues no tenía siquiera noticia
de la existencia de tal país. Pidió informaciones
sobre su localización. ¿No se estaría hablando
de Nigeria? Al parecer, los asesores le mostraron un mapa de África,
no fuera el presidente a cometer una gaffe histórico-geográfica
como aquella, reciente, que lo hizo, en declaración pública,
transformando España en república.
Según
el «Washington Post», el Departamento de Estado sabía
que las informaciones de la CIA eran falsas, pero permaneció
mudo.
Mientras, las
cosas empeoraron cuando Tony Blair, el fidelísimo aliado,
intervino en la polémica para revelar que la información
relativa a los contactos para la compra de uranio en Níger
había sido transmitida a la CIA por los servicios de inteligencia
británicos y que Trenet, el director de la famosa agencia,
actuó por lo tanto correctamente al dirigirla a Bush.
La buena voluntad
del premier británico no ayudó mucho. Al revés,
porque el prestigio del espionaje inglés cayó a un
nivel bajo desde que, en vísperas de la guerra, utilizó
una antigua tesis de maestría de un joven como prueba de
que Sadam Hussein producía y acumulaba armas de exterminio
masivo. Por azar, Colin Powell, al pronunciar en mayo un discurso
ante el Consejo de Seguridad de la ONU, en una sesión dramática,
no dudó en retomar los argumentos del estudiante inglés.
Fue por lo tanto
en una atmósfera de gran tensión en que hubo que tomar
nuevas iniciativas en Washington. No fueron felices. En el auge
de la crisis desencadenada por la calumniosa acusación de
Bush a Sadam relacionada con el uranio de Níger los hombres
del presidente entendieron que la presencia de Blair en el Congreso
podría ser muy útil.
Se decidió
entonces, mediante acuerdo con los líderes del Legislativo,
que el premier británico discursaría ante el Senado
y la Cámara de Representantes en sesión extraordinaria,
honor que traía a la memoria otro similar concedido a Winston
Churchill. Recibiría entonces una condecoración especial.
Esa parte del
programa, sin embargo, no se cumplió, porque la situación
en el Reino Unido se había complicado súbitamente.
Blair, triste, explicó que la condecoración, en vez
de favorecerle, le crearía muchos problemas, perjudicándole
su imagen. Incomprensiones de la oposición de Su Majestad.
Presumo que
muchísima gente leyó el discurso de Blair, pronunciado
en Washington. En esa laberíntica pieza política,
que el griego Demóstenes y el romano Cícero -maestros
en el arte de la retórica- no aprobarían, el inglés
anunció el futuro, sosteniendo con firmeza que, aún
admitiendo que la acusación a Sadam de disponer de armas
de exterminio masivo haya sido un equívoco, la historia perdonará
a los acusadores.
¿Por
qué?
Porque, según
Blair, «en cada fibra de instinto y convicción»
ellos estaban seguros de servir a la humanidad llevando la guerra
a Iraq. Fue aplaudido con enorme entusiasmo, lo que suscita legítimas
dudas sobre la capacidad de los actuales legisladores estadounidenses
para cumplir con sabiduría y dignidad la tarea para la cual
han sido elegidos.
Blair, en marea
de mala suerte, fue inmediatamente involucrado en otro huracán
de críticas. De visita en Japón, recibió allí
la noticia del suicidio de David Kelly, el cientista y ex inspector
de armas que habia sido había sido la principal fuente de
un reportaje de la BBC que responsabilizaba el gobierno británico
por la manipulación de informes de sus propios servicios
de inteligencia.
Como es de rutina
en tales casos, el gobierno determinó se abriera una investigación.
Poco se espera de la iniciativa. Pero mientras Scotland Yard inicia
ese trabajo sin entusiasmo, la gritería aumenta. El respetable
periódico «Daily Mail» resume en las siguientes
palabras el estado de ánimo de las huestes conservadoras:
«un funcionario público decente, que fuera maltratado
salvajemente por la máquina maliciosa y cruel de Downing
Street (la residencia del primer ministro) tuvo un atormentado y
trágico fin».
Para la opinión
pública británica es transparente que el gobierno
de Blair, al esforzarse por justificar su participación en
la guerra de Iraq, se empantana en un mar de fango.
XXXX
Preguntarán
algunos lectores por qué dedicar tanto espacio y atención
a hechos y situaciones ampliamente noticiados por los grandes medias
internacionales. A fin de cuentas todo eso se ubica en el terreno
de la «pequeña política».
El objetivo
de este artículo es, sin embargo, llamar precisamente la
atención a una realidad que pasa desapercibida por una gran
parte de la humanidad: el sistema de poder que desgobierna el mundo
utiliza la «pequeña política» como instrumento
de diversionismo que le permite desarrollar, con menor vigilancia
popular, la estrategia neofascista que está empujando al
planeta hacia una catástrofe sin precedente.
No se puede
negar eficacia al método. El control hegemónico de
la comunicación social moviliza las audiencias y, orientándole
el interés, funciona, paralelamente, como anestesia.
Bush and Blair,
al aceptar el debate sobre errores y manipulaciones de servicios,
cuya tarea prioritaria consistía en forjar motivaciones para
una guerra criminal, se plantea a la vez dos objectivos:
1. Procuran exhibir la mejor imagen del liberalismo abierto a la
crítica, cementado en instituciones democráticas.
2. Concentrando
el debate alrededor de cuestiones hoy superadas, desvían
la atención de los problemas de fondo.
El Congreso, en los EUA y la Cámara de los Comunes en Gran
Bretaña, al participar de un juego hipócrita, se hacen
cómplices. Se simula olvidar que Bush y Blair mintieron a
sus pueblos, no una vez sino muchas desde que Washington optó
por la guerra.
Obviamente hay
intereses electorales en causa. Pero tanto en los EE UU como en
Inglaterra, los parlamentarios y las fuerzas políticas y
económicas, que hacen del caso del uranio del Níger
una arma prioritaria de escaramuzas con el poder, están concientes
de que contribuyen a que el pueblo, concentrada la atención
en lo accesorio, olvide lo fundamental y se abstenga en ambos países
de iniciativas concretas que dificulten la estrategia imperialista.
Para los senadores y grandes empresarios es tranquilizador y sin
consecuencias acusar a Bush de mentir a la nación. Por el
contrario, sería alarmante el ascenso de un movimiento popular,
con audiencia mediática, que empezase a cuestionar la presencia
en Iraq de 147 000 soldados y oficiales norteamericanos y a responsabilizar
al presidente por una agresión criminal concebida para atender
objetivos económicos inseparables de una política
de dominación planetaria.
Desmontar el
engranaje de la mentira es deber de cuantos intelectuales tienen
acceso a medios progresistas de información alternativa.
Ampliar la solidaridad con el pueblo de Iraq en estos días
en que, luchando por su liberación, se bate por toda la humanidad,
es otro deber.
Día a
día los acontecimientos confirman que los EEUU se empantanan
en Iraq. El fantasma de Vietnam ha reaparecido en la tierra de Mesopotamia
(ver artículo del autor, "Una derrota sin fecha espera
a los EE UU en Iraq", en Rebelión, mayo de 2003).
La Habana,20
de Julio de 2003
Original en portugués en http//:resistir.info
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