| Guerra
contra la civilización
Por Gary Leupp
CounterPunch, 23 de abril del 2003
"Esto es lo que querían los estadounidenses.
Querían que Irak perdiera su historia".
Donny George, Director de Investigación, Ministerio Iraquí
de Antigüedades
No
dice nada bueno de mí, pero confieso que no lloré
cuando vi las fotos de los niños con extremidades amputadas,
el muchachito al que le habían volado la mitad de la cabeza,
las ciudades en llamas. Crecí durante la Guerra de Vietnam,
y estoy acostumbrado a ver atrocidades semejantes en los medios
impresos. Esos resultados del imperialismo de EE.UU. me enfurecen,
desde luego, y aumentan mi determinación de resistir, pero
ya no me causan lágrimas. Estoy demasiado viejo, endurecido
y cansado para eso.
Pero el Museo.
La Biblioteca. Matan esas cosas y matan lo que yo hago, lo que soy.
Soy historiador. Me siento a estudiar los archivos en Japón
en tiempos normales y manejo manuscritos del siglo diecisiete, descifrando
una elegante caligrafía oficial en caracteres cursivos chinos
sobre un papel durable de morera. Puede que haya algún valor
en una tal investigación. O puede que debería quemarse
todo, los textos, mi persona y todo lo que tiene sentido para mí.
Mis lágrimas
de rabia son por las tablillas cuneiformes destrozadas, la cerámica
sumeria, los Qurans invaluables, y por el pueblo iraquí cuyo
extraordinario patrimonio cultural ha sido ferozmente atacado durante
estos últimos días. ¿Cuántos estadounidenses
que sintonizan CNN y Fox se dan cuenta de la magnitud de esta atrocidad?
Rumsfeld se
sonríe en respuesta a preguntas de los reporteros, y dice
que "disturbios" ocurren en todas las sociedades. Pero
hay una diferencia entre las barras bravas del fútbol, entre
justificadas insurrecciones antirracistas, y la violación
y el asesinato culturales. Los últimos días han visto
crímenes que sobrepasaron la pulverización de los
Budas de Bamiyán por los talibán. La mejor analogía
sería la destrucción (por una turba cristiana) de
la Biblioteca de Alejandría en 415, o, una vez más,
por invasores árabes en 686. La civilización misma
está bajo ataque, y los atacantes, que los iraquíes
comparan justamente con los invasores mongoles del siglo trece izaron
la bandera rojo-blanco-y-azul (hasta que multitudes encolerizadas
los obligaron a guardarse ese emblema ensangrentado, odiado en todo
el globo.)
No sé
mucho del citado Donny George. Me imagino que debe ser un profesional
decente, que expresa una opinión informada cuando dice: "Es
lo que querían los estadounidenses". Lo que dicen por
las calles es que los comandantes de EE.UU., molestos por la ausencia
de las esperadas manifestaciones exuberantes de aprecio de la población
"liberada", --una población traumatizada inclinada
a un sepulcral silencio, y poco dispuesta al montaje de más
eventos mediáticos como el derribo de la estatua de 7 metros
de Sadam en la plaza principal de Bagdad (en la cual, nos dijo Paula
Zahn, las fuerzas de EE.UU. "ayudaron" a los iraquíes
a realizar ese proyecto, aunque la plaza había sido vaciada
de iraquíes en ese momento)--, alentaron a individuos adecuados
a salir a las calles y a actuar a su gusto. ¿Y qué
alegra más a los hampones que saquear e incendiar? Sadam
había vaciado las prisiones hace algún tiempo, y había
numerosos criminales disponibles para animarlos a celebrar y sonreír
y ayudar a que Irak perdiera su historia.
Los hampones
no se preocupan por la historia. Al saber que los peores de su calaña
tienen en sus manos el país, y que con sus sonrisas burlonas
y suficientes llevan a sus tropas en camino a Damasco (donde hay
más museos y bibliotecas, a veces con niños que estudian
inocentemente a su interior, como se debe), sufro verdaderamente.
Gary Leupp es profesor asociado, Departamento de Historia, Tufts
University y coordinador del Programa de Estudios Asiáticos.
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