| Sin
humildad ni honor entra la tropa de EE.UU. a Bagdad
Por
Robert Fisk
La Jornada 8 de abril del 2003
Bagdad, 7 de abril. Comenzó con una serie de vibraciones
masivas, como una gran pisada que sacudió mi habitación.
Tump, tump, sonaba. Aún acostado en mi cama, traté
de imaginar la causa. Fue como ese momento en Parque Jurásico
en que los turistas escuchan por primera vez las pisadas del dinosaurio,
el estruendo cada vez más fuerte y espantoso de latidos acompasados
y monstruosos. Por la ventana, que da a la margen occidental del
Tigris, vi un arma antiaérea iraquí emplazada en la
azotea de un edificio blanco de cuatro pisos, situado a unos 400
metros, disparando hacia algún objetivo ubicado al otro lado
del río.
Tump, tump,
escuché otra vez un ruido tan enorme que disparó las
alarmas contra robo de un millar de autos en la ribera del río.
Sólo
al amanecer, cuando llegué a la avenida, me di cuenta de
lo ocurrido. Desde la guerra del Golfo de 1991 no había oído
el ruido del fuego de la artillería estadunidense. Y ahí,
a unos cientos de metros en la ribera del Tigris, los vi. Al principio
parecían minúsculos ciempiés blindados, que
caminaban y se detenían, extrañas criaturitas de color
café y gris que habían llegado a una tierra extraña
y buscaban agua.
Había
que mantener la vista en los ciempiés para interpretar la
realidad, para darse cuenta de que cada criatura era un vehículo
de combate Bradley, que su cola era un puñado de marines
estadunidenses que corrían protegiéndose con la armadura,
avanzando juntos cada vez que su protección aceleraba y maniobraba
para acercarse al Tigris.
Hubo un estallido
de fuego de ametralladoras del lado estadunidense y un rápido
tableteo de granadas impulsadas por cohetes y columnas de humo blanco
del lado de los soldados y milicianos iraquíes, ocultos en
trincheras sobre la misma ribera, más al sur. Fue así
de rápido, así de simple y así de espantoso.
De hecho la
vista era tan extraordinaria, tan inesperada -pese a todos los alardes
del Pentágono y las promesas de Bush-, que uno se olvidaba
de los precedentes que estaba sentando para la historia futura de
Medio Oriente.
Entre el tableteo
de las ametralladoras, las balas trazadoras que cruzaban el río
y los enormes fuegos petroleros que los iraquíes encienden
para cubrir su retirada, uno tenía que desviar la mirada
-hacia los grandes puentes situados más al norte, hacia las
aguas verde pálido de ese antiquísimo río-
para caer en cuenta de que un ejército occidental empeñado
en una cruzada moral había llegado hasta el corazón
de una ciudad árabe por primera vez desde que el general
Allenby entró a Jerusalén en 1918. Pero Allenby ingresó
a pie, en reverencia al lugar del nacimiento de Cristo. Este lunes
los estadunidenses irrumpieron sin humildad ni honor.
Los marines
y las fuerzas especiales que se dispersaron a lo largo de la margen
occidental del río irrumpieron en el mayor de los palacios
de Saddam Hussein, filmaron sus inodoros y baños y descansaron
en sus prados antes de reanudar el avance hacia el sur, hacia el
hotel Rashid, y tirotear a soldados y civiles por igual. Cientos
de hombres, mujeres y niños iraquíes fueron llevados
agonizantes a los hospitales de Bagdad en las horas que siguieron,
víctimas de balas, esquirlas y bombas de racimo. De hecho
pudimos ver los A-10 estadunidenses, de motores gemelos, lanzar
sus descargas de uranio empobrecido al otro lado del río.
Desde la margen
occidental observé a los marines correr hacia una zanja con
el rifle al hombro, en busca de combatientes iraquíes. Pero
sus enemigos siguieron disparando desde las casas de adobe que están
al sur, hasta que finalmente corrieron para ponerse a salvo. Salían
de las trincheras, entre los proyectiles estadunidenses, y corrían
aterrados por el borde del agua. La mayoría llevaba sus armas.
Algunos volvían a caer en una caminata que revelaba su agotamiento,
otros se metían al agua, hasta las rodillas y aun hasta el
cuello.
Tres soldados
salieron de una trinchera con las manos en alto, frente a un grupo
de marines, pero otros siguieron combatiendo. El tump, tump, tump
de las armas estadunidenses continuó más de una hora.
Luego los A-10 regresaron, junto con un cazabombardero F-18, que
envió una ráfaga de fuego a lo largo de las trincheras,
tras lo cual el tiroteo se apagó.
Parecía
que Bagdad caería en cuestión de horas. Pero el día
se caracterizó por ese curioso atributo de la guerra, una
mezcla loca de normalidad, muerte y farsa. Porque en el preciso
instante en que los estadunidenses avanzaban combatiendo hacia el
norte del río y los F-18 regresaban a bombardear la ribera,
el ministro iraquí de Información se apareció
para dar una conferencia de prensa en la azotea del hotel Palestina,
a 800 metros escasos de la batalla.
Mientras los
proyectiles estallaban a su izquierda y el aire se llenaba de poderosos
jets estadunidenses, Mohamed-al-Sahaf anunció a un centenar
de periodistas que todo era un ejercicio de propaganda, que los
estadunidenses ya no estaban en posesión del aeropuerto de
Bagdad, que los reporteros deberían "corroborar una
y otra vez los hechos... Eso es todo lo que les pido".
Piadosamente
los fuegos petroleros, las explosiones de bombas y el humo oscurecieron
la ribera occidental del río, de modo que ya no fue posible
corroborar los datos por el simple expediente de mirar tras el hombro
de Sahaf. Lo que el mundo quería saber, por supuesto, era
si Bagdad estaba a punto de ser ocupada, si el gobierno iraquí
se rendiría y -la madre de todas las preguntas- ¿dónde
estaba Saddam? Pero Sahaf empleó todo su tiempo en condenar
al canal árabe de televisión Al Djezairai por su complicidad
con Estados Unidos y excoriar a los estadunidenses por utilizar
"los vestíbulos y salones" de Saddam Hussein para
hacer "propaganda barata". Los estadunidenses "serán
sepultados allí", gritó por sobre el fragor de
la batalla. "No les crean a esos invasores. Serán derrotados".
Apenas la semana
pasada, Sahaf nos informó que los estadunidenses tendrían
sus tumbas en el desierto. Ahora su lugar de reposo eterno se ha
desplazado a la ciudad.
Y mientras más
hablaba, más quería uno interrumpirlo para decirle
"un momento, señor ministro, eche una ojeada atrás
de su hombro derecho". Pero, claro, así no ocurren las
cosas. Por qué no nos vamos todos a dar una vuelta por la
ciudad, sugirió.
Eso fue lo que
hice. Los autobuses de dos pisos de la corporación daban
servicio. Y si las tiendas estaban cerradas, los puestos callejeros
estaban abiertos, y cerca de la calle Yasser Arafat había
hombres reunidos en las casas de té comentando la guerra.
Fui a comprar fruta y el tendero no se entretuvo en contar mis dinares
-11 mil 500 en total- cuando un jet pasó volando bajo sobre
la calle y dejó caer su carga a unos mil metros, con una
explosión que cambió la presión en nuestros
oídos.
Sin embargo,
en cada esquina había un puñado de milicianos. Cuando
llegué al costado del Ministerio del Exterior, en la margen
occidental del río, pero aguas arriba de donde estaban los
marines, artilleros iraquíes disparaban un arma de 120 milímetros
a los invasores desde un autovía; la lengua de fuego brillaba
entre la niebla que se cernía a esas horas sobre Bagdad.
En hora y media
los estadunidenses habían avanzado sobre la ribera sur y
amenazaban con doblegar el viejo Ministerio de Información.
Fuera del hotel Rashid abrieron fuego sobre civiles y militares
por igual, derribando a un motociclista que pasaba y disparando
a un fotógrafo de Reuters que escapó con sólo
unos impactos de bala en el coche. En toda Bagdad los hospitales
estaban abarrotados de heridos, muchos de ellos mujeres y niños
alcanzados por fragmentos de bombas de racimo.
Al anochecer,
los estadunidenses volaban sus F-18 en apoyo cercano a los marines,
tan confiados en la destrucción de los cañoneros antiaéreos
que se les podía ver cruzando en parejas el cielo parduzco
del centro de Bagdad, virando perezosamente al sur y al oeste, mientras
el fuego cruzado de proyectiles continuaba en el río.
A media tarde
los estadunidenses encontraron un depósito de municiones
en la margen occidental, no lejos del palacio presidencial -uno
de los tres que ocuparon hoy-, y lo hicieron volar en una llamarada
que alcanzó varios cientos de metros de alto. Durante varias
horas después fue posible oír el zumbido de proyectiles
en el enfrentamiento, y a veces explosiones en el cielo. Y al mismo
tiempo -en un claro intento por enfurecer a Saddam y a sus ministros-
los estadunidenses transmitían imágenes en vivo de
su exploración del Palacio Republicano en las márgenes
del Tigris y videos que mostraban el retrete presidencial, su baño
de paredes de mármol con llaves y candelabros chapeados en
oro, y a soldados de las fuerzas especiales tomando baños
de sol - aunque no había sol- en el jardín presidencial.
¿Es esto
lo que llaman "rico en historia"? En 1917 el general Stanley
Maude invadió Irak y ocupó Bagdad. Repetimos esa acción
en 1941, cuando Rashid Alí decidió dar el apoyo iraquí
al régimen nazi. Ingleses, australianos y árabes "liberaron"
Damasco de manos de los turcos en 1918. Los israelíes ocuparon
Beirut en 1982 y vivieron -no todos- para lamentarlo. Ahora el ejército
de Estados Unidos y muy atrás el de Gran Bretaña -pálido
fantasma del ejército de Maude- avanzan con firmeza hacia
ésta, la más nororiental de las capitales árabes,
para dominar una tierra que limita con Irán, Turquía,
Siria, Jordania y Saudiarabia.
Al caer la noche
de este lunes llegué a un pequeño baluarte de concreto
en el extremo oriental del gran puente Rashid, que cruza el Tigris.
Sus tres defensores iraquíes habían colocado en línea
sobre el parapeto sus lanzagranadas de fabricación soviética.
Se rumora que cientos de tanques estadunidenses y vehículos
blindados se acercan hacia el Tigris desde el sureste de Bagdad
y estos tres iraquíes -dos milicianos baazistas y un policía-
estaban ahí listos a defender la costa occidental frente
al más formidable ejército conocido por el hombre.
Ese cuadro en
sí mismo, pensé, dice algo tanto del valor como de
la desesperanza de los árabes.
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